Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Por qué sigo escribiendo?

La pregunta es tan innecesaria como pertinente, pues acabo de escribir el capítulo sexto de los Cuentos del Coleccionista y me he quedado en la página 101.
Me siento satisfecho pero también aliviado. Cuando comienzo un proyecto -esta será mi cuarta novela- siempre lo termino. Y darlo por finalizado es precisamente el momento más triste. Pero eso no puede hacerme olvidar que en algunos momentos he perdido la fe en lo que estaba haciendo.
Este no es el caso. Los Cuentos del Coleccionista no es una novela más. Por primera vez escribir se ha convertido en un fin en si mismo. En una especie de terapia.
Nada de lo que hago durante el día me parece real. Tal vez esta impresión sea debida a algún tipo de depresión que no acaba de emerger. Sin embargo esta enajenación de lo cotidiano que últimamente padezco tiene su contrapartida. Los personajes de Los Cuentos del Coleccionistas son los más reales que he escrito nunca. Continuar con su historia me produce un placer trascendental. Como consecuencia de ello el acto de escribir se ha convertido en una forma de vida -que no en un medio de vida-. Es mucho más de lo que esperaba recibir cuando empecé con esto. Aunque reconozco que aún no he aprendido a conformarme solo con ello.

domingo, 2 de agosto de 2009

La novela

Soy un ser disperso y como tal tiendo a perder el hilo. Más que a un árbol, mi discurso se asemeja a un arbusto. Por eso creo conveniente clarificar la estructura de mi saga y las razones que me han impulsado a concentrarme en un proyecto tan arriesgado como este. Arriesgado porque me dispongo a dedicar los próximos años de mi vida a la elaboración de una saga. Arriesgado porque su temática no se acerca a la novela negra ni al género histórico, aunque mama de ambos. No. Es una saga de ciencia ficción. Un género tan denostado en España como lo es la novela erótica.

Quizá por ello prefiero escribir con un seudónimo tan ambiguo como el de Josep Martin Brown. Estoy seguro que muchos lectores prefieren nombres anglosajones a la hora de escoger una novela de la estantería.

Mis historias hablan de sentimientos. Sin embargo el marco de la acción no se sitúa en el metro de una gran ciudad española. Especulan con la historia, sin embargo no son leídas con ánimo formativo -estoy seguro que gran parte del éxito de la novela histórica radica en el hecho de que muchos lectores buscan una "lectura de provecho". Y sobre todo son profundamente psicológicas. La gran ventaja de la literatura frente al cine estriba en el uso indiscriminado del "pensamiento directo". Desde la descripción de los pensamientos de un personaje podemos hacernos una idea del paisaje que trasciende lo meramente descriptivo. En este sentido, la gran popularidad de las películas de ciencia ficción no ha sido correspondida con un renacer de la literatura del mismo género. Tal vez porque el espectador se siente deslumbrado por los efectos especiales y olvida la dimensión psicológica del marco.

En mi novela la Tierra ocupa un lugar tan periférico como central. Se establece una doble dimensión narrativa; en el sentido que la tierra es vista "desde dentro" de la psicología de un alienígena, y al mismo tiempo "desde dentro" de los humanos que la habitan. Los fines son los mismos: la crítica social y política. El medio determina la perspectiva y esta es innovadora: la relidad es contemplada desde los pensamientos de alienígenas y humanos.

Pero bueno, las crítcas es mejor dejarlas para los lectores. Así que aquí os anticipo la estructura de mi novela "Azul y Luna".

Azul y luna.
Novela de 110.000 palabras, aproximadamente.

Primer prólogo: Historia de NeBulus.
Segundo prólogo: El eslabón perdido.
Novela: Segundo descubrimiento.
Epílogo: Epílogo.

Los prógolos son historias en sí mismas que complementan la novela y al mismo tiempo son cerradas por esta. El epílogo es la historia puente entre la novela y su continuación.

Espero que el camino que he iniciado no me lleve a un callejón sin salida.
Un abrazo
Josep Martin Brown

domingo, 24 de mayo de 2009

Un título para una saga

El mes se acaba y mi blog sin barrer!
Tengo un motivo. He terminado de escribir las 6000 palabras del relato "Historia de ProBidus". Al final cambié el título. Ahora es "Azul y Luna". Con éste son dos los relatos de la saga que entroncan directamente con la novela. Si en "El eslabón perdido" se contaba el origen de los cuatro Eternos que llegan a la Tierra y cuyas peripecias se narran en la novela "Segundo Descubrimiento", en este último relato corto -"Azul y Luna"-, contamos la historia del beBaloBius que sale al final del libro. también aparecen un grupo de inseCtores -de los malos malosos que nutren el grueso de los Señores de la Guerra- y un guSano. En resumen. Un relato de los más barroco.

Tenemos pues una novela y dos relatos cortos asociados.
Nos falta un buen título que caracterice a toda la saga.
¿Alguna sugerencia?

viernes, 10 de abril de 2009

Confesiones de una farola

Levantarme a la hora que me venga en gana es hasta ahora el mayor éxito de mi vida. Es una lástima que no sea mucho de dormir, pues me despierto todos los días antes de que salga el Sol. Mi relación con el mundo de los sueños es problemática, pero no siempre ha sido así. Recuerdo vivamente mi infancia y cómo la hora de irse a la cama era el mejor momento del día. Por aquel entonces en uno de los dos canales de la tele emitían una serie que iba a cambiar mi vida, “El Gran Héroe Americano”. Juntos aprendimos a volar.

Mis primeras lecciones de vuelo las llevé a cabo en la misma acera de la calle donde me crié. Daba tres largos pasos, como si estuviese dispuesto a participar en una competición de triple salto, y entonces echaba a volar. Aunque los resultados eran muy pobres al principio. Como mucho conseguía llegar hasta la otra esquina y apenas me elevaba medio metro del suelo.

Treinta años después sigo volando en sueños, aunque éstos son en su mayoría pesadillas. Lo hago bastante mejor que entonces y creo que la razón radica en que he perdido el miedo a estrellarme contra el suelo. Mis sueños son tan lúcidos y entretenidos que no entiendo cómo no me paso la mayor parte del día durmiendo, yo que puedo. La vida real, en cambio, es previsible, segura y carece de todos los estímulos que uno encuentra en una buena pesadilla.

En un sueño somos capaces de lanzarnos al vacío. Decimos verdades como puños y nuestras acciones reflejan la auténtica naturaleza de nuestros sentimientos. En un mundo así es imposible aburrirse. Supongo que por eso me levanto todas las mañanas de un salto, como activado por un resorte. Ingenuo de mí, imagino que la vigilia va a ser tan estimulante como el sueño. La vida real se encarga a las pocas horas de ponerte en tu sitio.

Mi vida no es mala, es simplemente anodina. La pura existencia de la cosa es, por el contrario, absolutamente maravillosa y por eso me limito a ver la vida pasar. Algo tan simple como el musgo del camino vive con más intensidad que la mayor parte de los seres humanos del planeta. Contemplar este hecho compensa en gran medida la aburrida realidad de la vida cotidiana. Estamos tan ocupados en imitar a los animales que olvidamos que la imaginación es una facultad exclusivamente humana. Así pues, pasamos la mayor parte de nuestras vidas más pendientes de llenar el mundo de críos que de disfrutar de su belleza. Olvidamos que si estamos aquí es para dar cuenta del mundo, para admirarlo, para ser conscientes de su pura existencia.

Falto de estímulos apropiados, con el paso de los años me estoy convirtiendo en una farola. Estático y contemplativo, me limito a alumbrar un camino que soy incapaz de recorrer.

jueves, 26 de marzo de 2009

Una relación homeopática

Desde hace años mantengo una relación homeopática con mi madre. Esto es, en lugar de seguir las prescripciones del médico de familia ingiero cantidades infinitesimales de su amor materno. Con el resto el clan, en cambio, hago lo que la mayoría de los hombres hacen con su cuerpo, símplemente lo ignoro. La homeopatía es una patraña, pero como técnica paliativa de traumas infantiles es insustituible. A mi madre la veo una vez al mes y a pesar de todo -o mejor dicho, a causa de todo- cada vez que lo hago vuelvo a mi casa con dolor de estómago.

He visitado a muchos especialista. El primero cuando apenas era un adolescente, en compañía de mi madre, claro está. No recuerdo haber estado tan enfermo como entonces. Parecía gastritis, pero el estómago me dolía como si tuviera una maldita úlcera sangrante. Cuando tenía 18 años tomaba ya tantos antiácidos que pensaba que a los 30 tendría que alimentarme a base de batidos dietéticos.

Todo cambio cuando un año después salí huyendo del nido para no volver. Curiosamente no fue enfrentarme al problema lo que acabó con mi enfermedad. Si le hubiera hecho caso al médico ahora estaría pudriéndome entre el rencor y la envidia, como le pasa al otro. La solución llego sola con la distancia y el aislamiento: la homeopatía.

La familia es un veneno con el que nacemos y que corroe nuestra autoestima en la forma de complejo de culpabilidad. Empiezas sintiéndote un mal hijo y acabas creyéndote mala persona. No hay cura para esta enfermedad. Como dije anteriormente, sólo podemos ignorar sus efectos.

Soy muy bueno ignorando el dolor. Me han pegado tantas veces que creo que casi disfruto con el subidón de adrenalina. Pero hay dolores sordos que nunca se curan y con mi madre y mi estómago se establece una curiosa relación de causa-efecto. Ya puedes reconciliarte con el mundo. Ya puedes gastarte miles de euros en terapia... Pero la herida abierta que deja en el alma de un niño la convicción de que su madre no le quiere es una enfermedad crónica imposible de tratar. La medicina tradicional no me vale y la única solución que he encontrado hasta el momento consiste en alejarme del patógeno.

Soy como los senderistas alérgicos al polen que se enfrentan al primer brote de primavera.