domingo, 5 de abril de 2009

Valor y sacrificio

En otoño de 2002 visité Corea del Norte por primera y última vez. Había sido contratado por la Vaha Oil a través de un contacto chino. El trabajo era sencillo y estaba bien pagado, pero lo que me animó a aceptar la oferta fue la curiosidad. Siempre he sido un hombre de izquierdas, pero profundamente anticomunista. En esa época el regimen de Pyonyang era el último baluarte del comunismo real, ya que nunca consideré a Cuba un auténtico país comunista. En realidad, aquello siempre fue una fiesta continua, con putas y todo. No me lo pensé dos veces. Era joven e imprudente así que antes de que pudiera arrepentirme me embarqué con mi contacto chino rumbo a Pekín. No quería perderme el espectáculo del experimento social más ingenuo de la historia de la humanidad.

Lo primero que me extrañó a mi llegada a la capital china fue el recibimiento. Fuimos recogidos por un vehículo militar a pie de pista. Si no hubiera sido por mi contacto, más que orgullo habría sentido miedo. Por el contrario, todo temor desapareció una vez que pude comprobar que era el mismísimo gobierno chino el que me había contratado y que nada malo podía sucederme durante aquella aventura. Comimos frugalmente en la zona vip del aereopuerto y después nos subimos en un mercedes blindado que nos llevó a la frontera. ¡Estaba cruzando china por carretera a bordo de un auténtico coche diplomático! Aquello no estaba mal para un chico de provincias como yo.

Lo duro comenzó una vez llegamos a la frontera. Mí amable contacto chino y mi escolta militar se despidieron de mí y me expicaron que a partir de ese punto se ocuparían de mi seguridad las autoridades norcoreanas. Casi me echo a llorar allí mismo. No esperaba que ningún coreano hablase español, pero sí al menos un inglés fluido. Sólo pasaron un par de horas cuando me dí cuenta de que me había metido en un buen lío.

Al día siguiente me llevaron al lugar de prospección. La maquinaría empleada era obsoleta y las condiciones de trabajo terribles, sin embargo todo aquello era compensado por la excelente organización. Una multitud de peones se reunía alrededor de la anticuada torre de perforación. Todos sonreían al verme pasar y me dedicaban un amago de reverencia. ¿Para qué demonios me quería esa gente allí si parecían tener de todo?. De repente un alarido desgarrador me sacó de mis pensamientos. Una bola de fuego se elevó por la estructura de la torre hasta disiparse en lo alto como si de un cohete pirotécnico se tratara. Al espectáculo de fuego se unió el grito de júbilo de la multitud, que a duras penas podían apagar los alaridos que provenían del interior de la torre. Entonces la fila de peones se movió. Al primero de ella parecía haberle tocado la lotería, pues era felicitado por los que tenía inmediatamente detrás, que lo apremiaban al mismo tiempo para que subiera las escaleras que daban acceso a la torre. La comitiva que me acompañaba me invitó a acercarme a la escena. Al parecer esa era la razón por la cual yo estaba allí. Nos situamos en lo alto de una atalaya formada por un montón de arena, justo a tiempo para ver como el afortunado coreano de la fila se aferraba a la maquinaria de la torre y comenzaba a perforar.

Estaba a punto de decir algo acerca de las medidas de seguridad cuando se produjo una nueva e inevitable explosión. El joven norcoreano había despertado una de las pequeñas bolsas de gas que se forman por encima de los depósitos de crudo. La llamarada lo alcanzó de lleno pero él seguía perforando, sonriendo mientras se quemaba vivo. Cuando por fin la broca atravesó la bolsa de gas el infierno cesó y las asistencias pudieron acercarse. El joven había sufrido graves quemaduras y sin embargo parecía feliz.

-¿Por qué está tan contento? -le pregunté a mi intérprete en inglés-. Acaba de sufrir un accidente laboral gravísimo... Dudo mucho que sobreviva a esas quemaduras.

-Es feliz porque ha encontrado petróleo -me respondió a duras penas- Sabe que recibirá un salario extra por ello, al igual que todos aquellos que le siguen en la fila. Su familia no morirá de hambre este invierno.

Doce hombres se quemaron vivos aquel día y dudo mucho de que alguno sobreviviera. Aparte de sus alaridos de dolor, sólo hay una cosa que no puedo olvidar de aquel viaje. Eran las sonrisas de felicidad de aquellos rostros sin rasgos. Nunca más he vuelto a burlarme del valor y la capacidad de sacrificio de un hombre. Sin embargo desde aquel día aborrezco cualquier ideología, sobre todo aquellas que defienden la Verdad con mayúsculas como principio supremo de la acción.

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