lunes, 23 de marzo de 2009

Este tiempo ya ha pasado.

Hoy toca un cuento corto. Siempre me gusta jugar con la idea de que mi existencia no es más que un reflejo del futuro. Esto es, que el tiempo que tú y yo vivimos a cada instante es un tiempo que ya ha pasado. Que nuestra realidad no es más que la recreación de un universo posible causada por un viajero del tiempo.
Es muy sencillo.
Este juego se resume en una frase: tú y yo y todos los que habitamos este mundo ya estamos muertos. De hecho hace milenios que nos convertimos en polvo. Tu tiempo no es el presente, puedes estar seguro.




Este tiempo ya ha pasado.

-No tengas miedo Lola –le dijo Carlos mientras la protegía con su cuerpo-, porque este tiempo ya ha pasado.
El techo se desplomaba sobre ellos y Carlos no dejaba de ser nunca un enajenado que se había vuelto loco. Pero la realidad en forma de cascotes se abatía sobre él en ese instante, al mismo tiempo que se daba cuenta de que en ninguna de sus pesadillas se había encontrado en esa dramática situación. Y entonces, por primera vez en muchos meses sintió miedo.

Hace justo un año que Carlos Vilar tuvo su primera experiencia onírica y con ella comenzó su proceso de separación de la realidad. Nunca le contó a nadie qué fue lo que vio entonces, a pesar de lo mucho que le gustaba hablar, sobre todo de sus pesadillas. Aquella primera experiencia había producido en él un cambio en su percepción, que no en su personalidad, pues siempre había sido muy excéntrico. Empezó a decir que el tiempo que vivimos es un pasado recreado por un viajero del futuro. Y que ese viajero lo estaba buscando a él. Que había viajado en el tiempo para encontrarle. Repetía esta cantinela una y otra vez a todos los que le escuchaban. Los más allegados pensaban que leía demasiadas novelas de ciencia ficción, porque le apreciaban y no querían admitir que lo que tenía era algo más que un trastorno del sueño. Al resto, a los que contaba sus historias de sonámbulo en los bares del pueblo, les hacía gracia y simplemente se reían de él. Sólo la Lola lo escuchaba con respeto, la bruja cubana de la que todos decían que trabajaba de puta en un camino de la capital, pero que en realidad se dedicaba a echar las cartas en una tienda de dietética del centro de Castellón.
Carlos comenzó a complicarse la vida. Ni siquiera las rentas por el alquiler de los dos pisos que había heredado de sus padres le daban para llegar a fin de mes. Viajaba alrededor del mundo, pero pocas veces siguiendo las rutas del turismo de masas. Él visitaba lugares de interés como el desierto de Nazca… Pero no había ido allí sólo para ver las misteriosas figuras labradas en el suelo del desierto. Carlos cruzó el Océano desde su pueblecito natal de la Serra d’Espadá y se adentró en el desierto chileno para tener un encuentro con un OVNI. Naturalmente, no consiguió su objetivo. Sin embargo a punto estuvo de morir de hipotermia la noche que meditó al raso completamente desnudo. Después de esa noche de frío, sus visiones cobraron tal fuerza que lo volvieron definitivamente loco. Carlos no sólo soñaba, sino que veía el futuro. Al menos eso es lo que él siempre creyó, aunque nunca pudo convencer a nadie de ello.
Cuando a la vuelta de su gran viaje le contó a todo el pueblo lo que le había pasado y que iba a mudarse a Valencia para abrir un despacho, sus paisanos no se sorprendieron demasiado. Y como en sus paseos nocturnos Carlos nunca se había mostrado violento, ni siquiera su tío Vicente pudo encontrar una excusa para impedírselo, ya que tenía casi cuarenta años y una buena renta. Consiguió convencer a Lola para que lo acompañase en su nueva ocurrencia. “Serás mi secretaria, y podrás echar las cartas en el mismo despacho”, le dijo. Y en un par de semanas tenía el negocio abierto en un entresuelo de la calle Colón. Un despacho de detective. De investigador de lo paranormal –con un servicio de Tarot a cargo de Lola. Un proyecto empresarial abocado a la ruina que durante todos esos meses sólo se mantuvo en pie gracias a la venta de un terreno. Aunque no tenía clientes Carlos estaba satisfecho, porque poseía una ocupación. Un oficio. Pero no se mantuvo ocioso durante ese tiempo. Llegó a la conclusión de que si el viajero en el tiempo lo estaba buscando, lo más inteligente sería que se ocupara a su vez él de esta tarea. Al fin y al cabo, el lugar más seguro para la presa se encuentra detrás del cazador.
Pero antes necesitaba soñar. Ver el futuro para anticiparse a su perseguidor.
No hay nada tan difícil como empeñarse en quedarse dormido y conseguirlo. Carlos recurrió a varios métodos naturales que Lola le suministró antes de resignarse a tomar un somnífero. Cuando al fin logró dormir, no soñó nada en absoluto. O al menos no podía recordarlo cuando despertó bien entrada la noche. Todo un día de trabajo perdido, se lamentó. Miró en torno y se dio cuenta de que Lola se había marchado a casa. En fin, para lo que me está sirviendo su ayuda…. Al menos ella le saca partido al local… ¿Y por qué no? Algún día uno de sus clientes puede que necesite información especial. Algo que no puedan decirle las cartas. Miró el reloj del teléfono móvil, que al principio no encontró porque lo había dejado debajo del sofá. Las doce y media… El caso es que no tengo sueño…
Para Carlos Vilar lo mejor de trabajar en el centro de una ciudad como Valencia era que podía llegar caminando a los bares del Barrio del Carmen, donde los locos y los borrachos se reúnen de madrugada. Allí se sentía en su hábitat. Sin nada mejor que hacer, decidió pasar la noche en el concurrido bar de mala muerte al que acudía las madrugadas como ésta y que estaba situado en el barro viejo, detrás de La Lonja. Tan estrecho, que si uno de sus clientes se desmayaba difícilmente tocaba el suelo al desplomarse, pues su cabeza impactaba antes contra la pared y quedaba allí, apoyado de una forma grotesca. El lugar estaba casi vacío sin embargo, sólo un viejo borracho bebía coñac en la barra. Tenía un aspecto extraño, pues si bien su larga melena plateada indicaba su vejez, el rostro, sin embargo, era artificiosamente juvenil. Estaba claro que había pasado varias veces por las manos de un cirujano plástico. Era el bar de todas las madrugadas en vela y sin embargo esta vez había en él cosas que lo hacían diferente. El viejo, la ausencia de clientes habituales, el techo… Nunca antes se había fijado en lo alto que era el techo de este bar y en lo angosto de sus dimensiones.
-Este coñac es excelente… -la voz provenía del viejo, sonaba distorsionada, como venida de otro lugar.
-Tiene razón –contestó Carlos-. Pero no todas las noches puede uno decir lo mismo, ¿verdad Pepe? –dirigiéndose al camarero- ¿Por qué no me pones a mí lo mismo que al abuelo?
Éste no respondió y se limitó a salir de la penumbra dónde secaba los vasos para servir a Carlos. Pepe nunca había sido un camarero hablador, pero nunca antes se había mostrado tan hosco con él. Carlos trató de adivinar su estado de ánimo escrutándole el rostro, sin embargo una extraña penumbra lo acompañaba, velándolo. Salpicaduras de coñac al chocar contra el hielo del vaso llamaron entonces su atención y se sorprendió al ver como éstas se evaporaban casi al instante, dejando sobre la barra un poso arenoso. Pepe limpió estos restos con unas zapatillas de andar por casa y antes de que Carlos pudiera preguntar nada, le sirvió un cuenco de frutos secos.
-No te había visto antes por aquí –le dijo el viejo-, ¿vienes en el turno de mañana?
Desde su rincón en la penumbra la risa equina y desproporcionada de Pepe retumbó en los altos techos del bar. Eso devolvió a Carlos a la cotidianidad, pues aquella risa inhumana era la característica por la que era popularmente conocido Pepe el camarero.
-Eso mismo estaba a punto de preguntarle yo –respondió Carlos-. ¿Cómo puede ser que nunca antes nos hayamos encontrado si somos habituales?
-Tal vez porque no resulta tan sencillo como parece…
-Es verdad… -Carlos cogió un cacahuete y se lo metió en la boca, estaba blando y húmedo como una aceituna- La vida nos atrapa en su rutina… Pero usted no parece alguien con muchas obligaciones diurnas.
-Carlos, ¿sabrías reconocer a un fantasma si pudieras verlo?
-¿Cómo sabe mi nombre? –Carlos cogió al viejo fuertemente por el antebrazo, pero aunque lo tenía sujeto, no sentía en su mano otra cosa que la presión de sus propios dedos sobre la palma.
-¿Serías capaz de creerme si te dijera que ya estás muerto? –el viejo seguía con su cantinela, como si fuera inmune a cualquier cosa que Carlos pudiera hacerle- ¿Que por tu culpa miles ya han muerto y que millones van a hacerlo en los próximos meses?
Entonces Carlos reconoció al hombre de sus pesadillas. No se parecía a él, pero era sin lugar a dudas el viejo. Cuando trató de ver su reflejo en el cristal del mueble-bar no pudo hacerlo, pues la decoración había cambiado de nuevo, transformándose esta vez en algo muy parecido a la cocina comunitaria que estaba justo encima de su despacho. Miró en torno a él y, sin embargo, a su espalda el sórdido bar de Pepe seguía siendo el mismo. El humo lo cubría todo, un humo blanco y espeso. Tan maleable que podían dibujarse con él figuras en el aire. Carlos no pudo resistir la tentación y comenzó a jugar con aquella masa informe. Olía mucho a gas natural, pero a pesar de ello intentó darle forma. Esculpió dos rostros con un talento que desconocía poseer. Éstos se mantenían a duras penas en el aire y Carlos los sujetaba con ambas manos para evitar que cayeran. Los reconoció enseguida. Eran sus padres muertos. No guardaba un buen recuerdo de ellos. No fueron unos buenos padres. Este pensamiento removió algo en él y dejó que la gravedad se apoderase de su obra. Los rostros de sus padres se deslizaron entonces hacía el suelo con el peso de una pluma, acumulándose en un rincón del bar en compañía de gran cantidad de ese humo con textura de merengue.
-¿Quién eres? –le dijo al viejo- ¿Qué quieres de mí?
-¿No lo entiendes? –le respondió éste- Yo soy tu fantasma en un futuro donde tu cuerpo hace años que yace bajo tierra y la humanidad sigue existiendo. Sólo así puede cambiar el futuro un muerto.
-¿Qué futuro? –Carlos sabía muy bien a qué se refería el viejo, pero ni tan siquiera ante él, ante sí mismo, estaba dispuesto a reconocer lo que vio en su primera visión.
-El futuro que viste y que nunca te atreviste a contar a nadie –su fantasma lo guiaba en esta búsqueda de su verdadera identidad.
-El virus…
-El mismo que en estos momentos permanece latente en tu sangre y que dentro de dos meses sufrirá su primera mutación –el rostro del viejo se transformó en el suyo y Carlos comprendió lo que ya sabía. El viejo era el Carlos del futuro que una vez muerto había vuelto al pasado para avisarse a sí mismo. Muy propio de nosotros, pensaron ambos-. El virus del fin del mundo, Carlos. Vamos a ser los culpables de la extinción de la humanidad, si no hacemos algo… radical, para remediarlo –sentenció su fantasma.
-Quizá podamos encontrar una cura… -replicó Carlos a su fantasma- Tú conoces las características de ese virus que va a acabar con el mundo, ¿no? Podemos avisar al ministerio de Sanidad, ellos sabrán qué hacer.
-No hay tiempo –contestó aquél-. Además, no tenemos formación científica, no sabríamos cómo describir algo que aún no existe.
Carlos intentó beber coñac, pero en su mano ya no sostenía el vaso, sino un mechero de cocina. Su fantasma, idéntico en apariencia a él, sostenía el tubo seccionado de una tubería conducción de gas natural.
-Dices que dentro de dos meses el virus del que soy portador sufrirá una primera mutación –dijo casi suplicando-, ¿por qué no esperar hasta entonces? Cuando el virus exista podremos demostrar su peligrosidad. Podemos avisar a las autoridades y entonces nos creerán.
-No podemos arriesgarnos… -la voz de su fantasma sonada paciente pero firme- Ojalá pudieras sentirte tan culpable como yo me sentía por seguir viviendo, entonces no tendrías dudas.
-¿No fue el virus lo que te mató?
-Oh, no… De ninguna manera. No seremos tan afortunados –la sonrisa del fantasma se volvió amarga-. Somos los heraldos de la última peste. Los testigos de la extinción de la humanidad. Pero lo que no puedes saber, Carlos, es que ya te has rebelado contra nuestro destino…
-Un momento –Carlos intentaba detener el curso de los acontecimientos, pero sabía que difícilmente podría resistirse a sí mismo-, ¿de qué clase de medida radical estamos hablando?
-De tu muerte Carlos, de nuestra supresión en el devenir de los acontecimientos…
-Quieres que me mate… -Carlos se apartó un poco de su fantasma de manera casi instintiva- Pues no pienso hacerlo, de ninguna manera. Quiero vivir.
-Eso ya no está en tus manos, mi antiguo yo –su fantasma le miró fijamente y Carlos no pudo reconocerse en su interlocutor-. Si estoy dándote explicaciones de lo que vamos a hacer, es porque creía que merecías algo más que una disculpa.
Carlos adoptó una actitud defensiva. En su mano apareció de la nada un cuchillo. Y luego el cuchillo se transformó en una pistola que no disparaba… Su fantasma sonrió.
-Ves como no has comprendido nada…

Carlos se despertó al oír la puerta. La luz del alba se filtraba a través de las varillas de aluminio de la cortina estilo veneciana. Lola entró en el despacho con la energía acostumbrada sin saber que su jefe seguía dormido sobre el sofá. No parecía sentirse culpable por haberlo despertado porque sonrió.
-Buenos días tenga usted, bello durmiente –traía en la mano un cucurucho de papel con media docena de churros humeantes-. ¿Quiere desayunar?
En ese preciso instante el sonido seco y grave de una explosión de gas sacudió todo el edificio. Carlos se abalanzó sobre Lola y la tiró al suelo.
-No tengas miedo Lola –le dijo Carlos mientras la protegía con cuerpo-, porque este tiempo ya ha pasado.

El tío Vicente no estaba seguro de si era ella. Pero cuando reconoció a Lola sintió un gran alivio. No había vuelto a visitar la tumba de su sobrino Carlos desde el día del entierro. No pudo ver a Lola entonces, porque seguía convaleciente de las heridas causadas por el derrumbe. No se le ocurrió pensar que quizá no era el momento ni el lugar más adecuado para decir aquello, pero una vez hubo acabado de contarlo todo, no creyó haber obrado mal. Carlos había sido un héroe al protegerla con su cuerpo, sin embargo era justo que supiese que la policía atribuía al propio Carlos la manipulación del conducto del gas de la cocina comunitaria. Había utilizado un mechero que había dejado encendido sobre la encimera. Cuando el gas natural acumulado llegó a esa altura, ¡Boom! Sólo el pasado de maltrato de Carlos y sus problemas de sonambulismo podían explicar aquel comportamiento. Enajenación mental transitoria. Sin embargo Lola se resistió amablemente a creer la versión de la policía. Sabía que Carlos era una persona especial y que, en uno u otro sentido, conocía lo que iba a ocurrir porque podía ver el futuro. Lo que nunca pudo entender es porqué no quiso contarle ni siquiera a ella lo que veía.

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